La complejidad de la función parental en los tiempos actuales

                                                 Lic. Liliana Barg.

Magister en Trabajo Social y  con dos carreras de Posgrado en Salud. Fue docente en la carrera de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de Mendoza y en la Universidad de Buenos Aires. Codirectora de proyectos de investigación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo. Ha publicado libros  sobre la temática de familia y Derechos de niños y adolescentes y numerosos artículos en revistas especializadas.  Ha sido coordinadora del Programa Provincial de Salud reproductiva y actualmente es coordinadora del Centro infanto juvenil Nº1 de salud mental del Ministerio de Salud de Mendoza.

La familia es una organización grupal producto de múltiples relaciones y donde existe un vínculo afectivo perdurable que permite diseñar un proyecto biográfico conjunto. Es un grupo con un espacio y un tiempo compartido, cada sujeto tiene su propia representación interna de lo que constituye el escenario familiar y  la tarea del grupo es la reproducción social de la vida según funciones y roles. La identidad familiar no es inmutable, pero está condicionada por los modelos culturales hegemónicos.

Según la posición que ocupe cada sujeto en el campo familiar (padre, madre, hijo, abuelo, pareja de la madre o el padre, hermanos) y según el poder que detenta cada miembro, van a ser los modos de interacción. En tanto campo, la familia es un complejo interrelacionado de posiciones sociales que luchan, y  la estructura del campo es un estado de esas relaciones de fuerza en el tiempo. (Bourdieu, 1997)

 Las funciones históricas asignadas son: la sexualidad,  la reproducción, la socialización y el cuidado de sus miembros.

Es en estas funciones donde se han producido los mayores cambios por las transformaciones culturales y tecnológicas de los últimos años: desde  la posibilidad de planificar la llegada de los hijos, hasta la modificación de las funciones domésticas tradicionales ligadas a la mujer y que hoy son compartidas por el varón. En relación a la conformación de los hogares, la variación incluye desde los nucleares hasta las familias ensambladas, los hogares unipersonales o uniparentales, las familias adoptivas o las uniones civiles entre homosexuales, las que conviven o las que tienen uno de sus miembros en otro país etc.

La familia no es un lugar que puede ser naturalizado como bueno en sí mismo, porque en ella se pueden consolidar  y reproducir situaciones de desigualdad, entre varón y mujer, entre hijos de distintas uniones, entre hermanos y puede haber autoritarismo, abuso, violencia, individualismo y discriminación.

Los cambios societales de  los últimos años se reflejan en la producción y reproducción de la existencia social. En este sentido, la familia ha sufrido los embates de las diversas formas de flexibilización de aquellos moldes sólidos que se configuraron en la época de la modernidad y que constituyeron los grupos de referencia. En esa época la familia burguesa disponía de la dedicación de la mujer al cuidado de los hijos, al misionado y a la asistencia social. La familia popular en cambio era vigilada y la mujer debía lograr la contención de los hijos y del marido.

Esa tradicional forma de la familia moderna, que dio origen a la familia nuclear, se ha venido transformando, aunque determinadas pautas cristalizadas siguen persistiendo en la actualidad. Nos referimos a los mandatos de la llamada “familia normal” con el esquema de padre protector y madre cuidadora que sigue mostrándose en  familias actuales con rasgos tradicionales que se acentúan en familias  con bajo nivel sociocultural.

En un informe de 1904 de Bialet Massé dice:

“La misión de la mujer, en lo que a cada sexo toca en la perpetuación o mejora de la especie, es la maternidad, la crianza y educación de los hijos; en el vientre de las mujeres está la fuerza y grandeza de las naciones, y en sus primeros cuidados, la honradez y el espíritu de los hombres” (Torrado, S. 1993: 253)

La fuerza del vientre materno  se instala con estas concepciones en la subjetividad de varones y mujeres por lo que las familias que llegaban a la adopción hace algunos años, recurrían a diversas formas de ocultamiento de esta condición: anotar al hijo como propio  mediando o no  pago a la madre biológica, simular un embarazo, inventar historias al hijo adoptivo acerca de hermanos fallecidos por su condición de único, negar la posibilidad del hijo de tener acceso en algún momento a su identidad biológica por temor a perderlo y distintas formas que muestran de alguna manera el lugar en particular de la mujer, de “incapacitada de procrear” como si esto fuera lo único esperable por su condición de mujer. La maternidad en nuestro país fue históricamente “premiada”: con pensiones (más de 7 hijos), con viviendas, con reconocimiento social.

El lugar de la mujer que adoptaba un hijo dentro de este tipo de sociedad, donde el vientre ocupaba un lugar preferencial, es un lugar poco valorado o  no reconocido y había que disfrazar la realidad.

En los últimos años se vienen produciendo transformaciones en estos temas sobre todo por el acceso de la mujer a otros espacios laborales o culturales y en relación a la temática de la adopción también se registran cambios no solo en su tratamiento sino también la difusión en los medios de comunicación. Hay variados ejemplos recientes: la ley de adopción 24779/97, el tratamiento del tema en la familia que permite develar el secreto del origen del niño, aceptando esta realidad para poder operar en ella. Los equipos interdisciplinarios comienzan a ocuparse del seguimiento de esta temática y surge la necesidad de llevar la discusión al espacio público. No obstante hay que decir también que estos temas forman parte del derecho a la intimidad de la familia y es necesario que los equipos respeten la confidencialidad tal como lo establece la convención internacional de los derechos del niño.

En relación a estos avances hay que decir que ciertos fenómenos sociales como el acceso de la mujer al campo laboral,  el lugar que ella y el varón ocupan actualmente en la sociedad, la participación de la mujer en cargos públicos o de gestión, viene postergando en algunos sectores la llegada de los hijos. En muchas parejas  la ecuación mujer = madre  deja paso a otras actividades que retrasan o dilatan esta función. Así, la donación de óvulos o de esperma, el alquiler de vientres, el matrimonio homosexual que adopta, se suman al escenario de nuevas formas de paternidad y maternidad.

El hombre o mujer que inician el camino de la adopción de un hijo debe vencer distintos obstáculos, no solo el de poder concretar la inclusión del hijo tan deseado en su familia y de vencer los miedos o temores lógicos durante este proceso, los mitos o prejuicios inscriptos en la subjetividad de cada uno de los miembros de la pareja, sino sobre todo, poder ubicar a este hijo el lugar de hijo y no de “hijo del corazón”. Si se parte marcando la diferencia del hijo adoptivo con  un hijo del vientre materno, ese vínculo surge con una marca difícil de transformar. Las marcas sociales a través de las matrices psíquicas están presentes generación tras generación y las pautas culturales se cristalizan si no operamos para flexibilizarlas y lograr su transformación. Si ese vínculo que se construye con el hijo no supera la marca del origen, los efectos negativos en el desarrollo emocional del niño se pueden profundizar.

El hecho de la adopción es un condicionante como podrían haber otros y hay que tratar de minimizar su efecto para que no  obture la relación. Si el condicionante está siempre presente, los resabios sociales y tradicionales de “no haber podido ser padre o madre de verdad” estarán tiñendo en forma permanente el carácter de este vínculo.

Podemos decir que  existe un agujero, una ruptura que es real y que está entre los padres adoptivos y la historia anterior de este niño que pasó a constituirse como integrante de esta familia. Pero los miedos, las fantasías, las dudas, las asociaciones sobre tal condición del hijo también pueden aparecen cuando se trata de un hijo biológico.  Entonces es necesario buscar más las coincidencias porque el exceso de diferenciación entre hijo biológico-hijo adoptivo debilita el lugar parental.

El tema es pensar  qué lugar les damos los profesionales a estos papás. Si continuamos remarcando el lugar de adoptante, si el lugar asignado es el de “los buenos que desean un hijo” y no se da paso al conflicto,  la duda  o las contradicciones que  como cualquier padre o madre tiene, se  rigidaza la construcción del vínculo. El hecho de que alguien desee tanto un hijo  puede llevar al equipo a idealizarlos,  desonzando a  los que por circunstancias generalmente sociales lo tuvieron que dar.

 El trabajo del equipo debe estar centrado en aliviar las diferencias por la condición de  hijo adoptado tal como lo dice la ley, para evitar que se marque o estigmatice a  un niño y se lo discrimine por su origen profundizando la desigualdad. Si desde el punto de vista de la ley se considera que la adopción plena es irrevocable y confiere al adoptado una filiación que sustituye a la de origen y los derechos son los mismos que la del hijo biológico, este debe ser el mensaje sustantivo que hay que dar, evitando la diferencia y remarcando la igualdad.

Si continuamos con esta lógica podremos transmitir que no existe un “instinto” maternal que viene dado sino que la función maternal se aprende y  se desarrolla de acuerdo a ciertas matrices propias y que puede ser cumplida por un otro que no sea la madre o el padre biológico. Esto le otorga a la familia la movilidad necesaria para el desarrollo y crecimiento  de sus miembros donde puede haber consenso, conflictos, cohesión, integración, disrupción, y el hecho de la adopción, una vez finalizado el proceso, es una más, entre tantas de las problemáticas que pueden afectar la relación vincular.

El trabajo del equipo debe tender a evitar que la estructura familiar se rigidice y se ocupe solo de un aspecto dejando de lado la totalidad. Porque los problemas de un niño pueden tener que ver con su origen, pero también se producen por la forma de vincularse con las personas que se hacen cargo de su cuidado y protección, ya sean los abuelos, los hermanos, u otro familiar. Hoy no podemos seguir pensando la familia de un modo clasificatorio como 20 años atrás. Tenemos que pensar que de poco nos sirve saber si es extensa, ampliada, nuclear, monoparental, adoptiva etc.etc., sino lo que debemos analizar es la multiplicidad de vínculos que tiene un niño en las nuevas formas de vivir en familia y que la adopción es una de las tantas y complejas relaciones que  se establecen con su grupo particular.

Los padres adoptivos deben dejar de pagar la culpa por no ser padres biológicos y hacerse cargo de su lugar parental. Si esto no es así, al hijo se le perdona todo, se debilita la ley familiar y el niño se da cuenta de esta debilidad y se aprovecha de la situación. Esto no significa desconocer la realidad, ni ocultarla, por el contrario significa conocerla, aceptarla y comprender que ser padre o ser madre es una función que puede ser ejercida perfectamente por un varón o una mujer que estén dispuestos a serlo.

BIBLIOGRAFÍA

Barg, Liliana. Los Vínculos familiares. Editorial Espacio. Buenos Aires, 2003.

Bourdieu, Pierre. “O Espírito de família” en Razòes   Práticas sobre a teoría da accòes. Editorial Celta, PPortugal 1997.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005.

Clemente, Adriana. Notas sobre investigación, formación y práctica profesional en  Nuevos escenarios y práctica profesional. Editorial Espacio, Buenos Aires, 2002.

Netto, J. P y otros. La investigación en trabajo social.  Alaets-Celats, Lima, 1992.

Rozas Pagaza, Margarita. La intervención profesional en relación con la cuestión social. Editorial Espacio, Buenos Aires, 2001.

Ley de adopción 24779/97

Torrado, Susana. Procreación en la Argentina. Hechos e ideas. Ediciones de la Flor. Buenos Aires, 1993